Alejandro Magno
(Alexander)
País: Estados Unidos / Reino Unido, 2004 Duración: 175 minutos Clasificación: C Elenco: Colin Farrell, Angelina Jolie, Val Kilmer, Anthony Hopkins, Christopher Plummer, Jared Leto, Rosario Dawson, Jonathan Rhys-Meyers, Brian Blessed Director: Oliver Stone Productores: Moritz Borman, Jon Kilik, Thomas Schuhly, Iain Smith, Oliver Stone Guión: Oliver Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis Fotografía: Rodrigo Prieto Música: Vangelis Distribuidor: Warner Brothers
Por Jorge Ávila Andrade Quizá si Oliver Stone hubiera llevado a cabo su deseo de poner en la pantalla grande la vida de Alejandro Magno unos quince años atrás, el resultado hubiera sido muy diferente del actual, donde su película ha sido literalmente masacrada por la crítica, particularmente la estadounidense. Stone es una víctima de los tiempos en que vivimos, pues ahora la sociedad norteamericana ha involucionado por lo menos medio siglo en cuanto a la manera de ver la sexualidad (nótese que digo en la manera de verla, no de vivirla) y no tolera ningún tipo de manifestación que no sea la “políticamente correcta”: el sexo debe ser entre hombre y mujer y no debe de mostrarse abiertamente en ningún tipo de medio de comunicación (¿alguien recuerda el escándalo que se desató por la supuesta exposición del seno de Janet Jackson durante el Súper Tazón de hace un año?).
Lo anterior, y no las propiedades cinematográficas que contiene, son las que se han tomado en consideración particularmente para que Alexander sea considerada como un gran fracaso. La realidad es que no lo es.
Durante años, Stone se empeñó en mostrar la vida de Alejandro Magno (Colin Farrell) como lo que según el era: un hombre común y corriente, con una gran capacidad táctica para la batalla pero sujeto a una fuerte influencia emocional por parte de su madre, Olimpia (Angelina Jolie) y con una aún más fuerte atracción hacia los miembros de su mismo sexo, particularmente hacia su amigo de toda la vida, Hephaestion (Jared Leto), con quien sostiene una relación más platónica que carnal.
O por lo menos eso es lo que sostiene el filme, que narra prácticamente la vida de Alejandro desde la niñez hasta su muerte, pasando por sus históricas conquistas, sus mujeres, sus hombres y sus demonios y luchas internas. En otras palabras, según la visión de Stone, Alejandro era más normal que magno, lo cual seguramente ha chocado con la imagen clásica que se tiene de un tipo fuera de lo común que fue capaz de conquistar prácticamente todo el mundo conocido antes de cumplir los 33 años de vida.
Siendo justos y honestos, la anterior imagen es la de un Alejandro Magno “de estampita”, es decir, fuera de la realidad. Justo es decir que el filme de Stone no es perfecto ni mucho menos, y que de hecho tiene muchas inexactitudes históricas que se conjugan con una visión quizá demasiado ‘humana’ del gran conquistador. Ese ha sido su principal problema, el exponer a una figura legendaria como cualquier hijo de vecina.
Pero también es justo decir que la mayoría de los críticos se han fijado más en este último aspecto que en los estrictamente cinematográficos, como la estupenda fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, la épica banda sonora compuesta por Vangelis o las secuencias de batallas, que si bien no llegan a niveles de maestría, están perfectamente ensambladas y filmadas.
A nivel de actuaciones la cinta es regular, pues de repente los actores no se ven comprometidos con sus personajes y parecen estar recitando líneas más a manera de teatro que de cine, lo que quizá haya sido pensado así de manera deliberada por Stone, aunque no se puede asegurar. La que desentona de cabo a rabo es Angelina Jolie. Nadie niega que es una mujer extremadamente bella y sensual, pero es muy poco creíble que no envejezca cuando su hijo, Alejandro, alcanza la edad adulta. Más parece la amante de Farell que su madre, además de que se la pasa con un extraño acento entre griego y ruso que no le queda para nada. Fuera de ella, el resto cumple a secas.
Resumiendo, Alexander es una película de esas que se pueden catalogar de buenas a secas. Su diseño de producción, la pasión con que Stone la llevó a cabo, la recreación de Babilonia o de la batalla de Gaugamela, así como una espectacular secuencia de acción que se lleva a cabo en la India, son tan solo pequeñas muestras de que, como obra cinematográfica, no es la pésima cinta que en Estados Unidos han destrozado.
Como el mismo Stone lo dejó entrever en alguna entrevista posterior a sus estreno en ese país, tal parece que la hipócrita sociedad estadounidense, capaz de la peores acciones en lo privado (en lo oscurito sería un mejor término) pero mojigata en el exterior, ha volcado sus traumas en una simple película. No se trata de defender el filme nada más porque sí, sino de verlo como lo que es: la simple interpretación de un talentoso cineasta sobre la vida de una leyenda de la humanidad.
Finalmente, no deja de ser eso, la versión de Oliver Stone, por lo que es bastante injusto que se le haya criticado tan duramente. No es ninguna obra de arte ni la mejor – ni la peor – cinta en la carrera de Stone, pero es una muestra de la honestidad de un cineasta al que la misma sociedad que ahora lo crítica le debe el haberla ayudado a abrir los ojos a otras cosas que no podían – o querían – ver.
® Moviola, 2005