Munich
(Munich)

País

Estados Unidos, 2005

Duración

162 minutos

Clasificación

C

Elenco

Eric Bana, Daniel Craig, Ciaran Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Geoffrey Rush, Ayelet Zurer, Michael Lonsdale, Mathiew Amalric

Director

Steven Spielberg

Productores

Kathleen Kennedy, Steven Spielberg, Barry Mendel, Colin Wilson

Guión

Tony Kushner, basado en el libro Vengeance de George Jonas

Fotografía

Janusz Kaminski

Música

John Williams

Distribuidor

Universal Pictures

 

Por Jorge Ávila Andrade 

Spielberg siempre ha estado rodeado de controversia de alguna u otra forma a lo largo de su carrera. Por ello, se puede hablar de tres etapas en la carrera del que sigue siendo el cineasta más famoso en la historia del cine: la primera es la del Spielberg que era un niño prodigio y que sorprendió al mundo con cintas como Tiburón, Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, E.T., e Indiana Jones. La segunda es la que muestra a un Spielberg que fue creciendo y comprometiéndose mucho más con su rol de padre, de cineasta exitoso y de judío. De esta etapa provienen obras mucho más serias como El Color Púrpura, Amistad, La lista de Schindler, Rescatando al Soldado Ryan y blockbusters como Parque Jurásico y su secuela, El Mundo Perdido. Y la tercera etapa, la actual, es la que muestra a un cineasta más cercano a la tercera edad, que ha aprendido muchas más cosas de la vida y que comienza a tratar de dejar un legado interesante a sus hijos y fans a través de su obra, como lo ha demostrado con cintas más propicias a la reflexión sobre la naturaleza humana como Inteligencia Artificial, Sentencia Previa o la que nos ocupa en esta ocasión, Munich.

 

Spielberg, quien se ha caracterizado por su simpatía hacia el Partido Demócrata en su país, tiene en Munich el filme más honesto de su carrera y uno de los más brillantemente ejecutados, a pesar de que no es ni será de los más taquilleros en su filmografía. Pero ni falta que le hace. Munich es un trabajo de corazón, de autocrítica y de conciencia social que, incluso antes de su estreno, generó una fuerte polémica en grupos sociales que antes tenían al cineasta como uno de sus consentidos, pero que al mismo tiempo es necesario para motivar a la reflexión no sólo a la audiencia a la que está dirigido, sino a varios de los líderes que han hecho del mundo un lugar de completa inestabilidad.

 

¿Por qué tanto énfasis e introducción al respecto? Porque la película no es sencilla. Munich está basada en el libro Vengeance, escrito por George Jonas, donde se narran los hechos posteriores a uno de los episodios más lamentables en la historia del deporte y de la amarga relación entre Israel y Palestina: el secuestro y posterior asesinato de 11 atletas judíos a manos del grupo terrorista palestino conocido como Septiembre Negro, ocurrido pocos días antes de que terminaran los Juegos Olímpicos de Munich en 1972. El filme de Spielberg prácticamente no presenta nada relacionado con la Olimpiada, pero el incidente sirve de detonante para la historia en la que un grupo de ex agentes del Mossad (el servicio de inteligencia israelí, una especie de equivalente judío de la CIA), comandados por Avner Kauffman (Eric Bana), tiene la misión de encontrar y dar muerte, uno a uno, a todos los palestinos que participaron en la masacre de Munich.

 

Ayudado por un puñado de expertos en diversas materias del espionaje y uso de armas (Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz y Hanns Zischler), y elegido personalmente por la primera ministra de Israel en aquella época, Golda Meier (Lynn Cohen), Avner está determinado a cumplir su misión aunque para ello tenga que abandonar a su esposa embarazada y, prácticamente, renunciar a su vida tal cual la conocía. El problema comienza cuando Avner comienza a cuestionarse si en realidad está asesinando a espías y terroristas palestinos o a gente común y corriente, pues cada muerte que ocurre del lado palestino parece ir ayudando a que la espiral de terror crezca de manera exponencial.

 

El filme no es fácil, pues aunque tiene sus momentos más propios de un thriller hitchcockiano -en los que Spielberg hace gala de su dominio de la acción y el suspenso- si el espectador no tiene una referencia histórica de lo que es el conflicto entre judíos y palestinos se le hará un tanto tedioso y difícil de comprender. No es un filme político en el sentido de un JFK, Pelotón o Nacido el 4 de julio, de Oliver Stone, pero de que es complicado, lo es. Técnicamente es un dechado de capacidad, pues desde la fotografía de Janusz Kaminski –que utiliza el mismo tipo de filtros y colores que en los 70, dando la apariencia que se trata de una película de la época- pasando por la edición de Michael Kahn o la música de John Williams, el filme mantiene el nivel que Spielberg ha mantenido desde hace tres décadas. Incluso a nivel actoral no tiene pero alguno, pues todo el elenco realiza un estupendo trabajo. Desde el protagonista principal, Eric Bana -quien transmite con su físico y actitudes el coraje y odio contenidos en un buen hombre que está cumpliendo una misión en la que de repente deja de creer- hasta Geoffrey Rush, en su papel de Ephraim, el líder del Mossad que se encarga de dirigir y proveer de recursos al equipo de Avner, el elenco cumple dignamente con su encomienda.

 

Pero lo que en verdad hace la diferencia en el filme es el valor de Spielberg para cuestionar, muy a pesar de su condición de judío, los métodos y procedimientos, así como la forma de actuar, del gobierno de Israel. Si bien el filme está contado y visto desde la perspectiva de un judío (Avner), a lo largo del mismo se da voz a las razones palestinas para haber perpetrado semejante atrocidad. Años atrás, al crecer como hombre maduro, Spielberg reconoció su amor por Israel y realizó su carta de amor a los judíos bajo el nombre de La lista de Schindler, en la que finalmente se destacaban las bondades y fortaleza del pueblo judío en acto más de propaganda política que de honradez. Pero en Munich, Spielberg no justifica nada ni mucho menos, sino que pone el dedo en la llaga para cuestionar si una lucha contra el terrorismo debe ser contestada con más terrorismo. Este punto es el que le confiere a la cinta una actualidad evidente, pues se convierte también en una dura crítica a lo que actualmente vive la humanidad gracias a las políticas belicosas del presidente estadounidense, George W. Bush, quien con la farsa del 11 de septiembre de 2001 ha tenido el pretexto ideal para declarar la guerra al terrorismo… con más terrorismo.

 

Spielberg podrá ser cursi, emotivo, un genio o un payaso, pero de que hace un análisis de conciencia y decide no tomar partido por ninguna de las partes involucradas en el conflicto, eso nadie lo puede poner en tela de juicio. Cuando el cineasta más poderoso del mundo habla y dice que la violencia no es la respuesta a la violencia, hay que escucharlo. En el filme, Spielberg va desarrollando las cosas de tal modo que, cuando se encienden las luces, el espectador es obligado a pensar en el mundo actual, en las consecuencias de la guerra y en si habrá o no salida a un conflicto que no sólo compete a judíos y palestinos, sino a la humanidad entera. Munich es, pues, un testimonio fiel del coraje y valor de un cineasta que, a punto de entrar en la parte final de su vida, decide dejar para la posteridad una obra igualmente valiente, poderosa y que mueve a la reflexión. Quizá no ha tenido la recepción que se esperaba, pero se trata simple y sencillamente de la mejor y más completa película del año. Visualmente impecable, temáticamente poderosa y emocionalmente honesta, Munich es una muestra del porqué Spielberg es un genio del cine y, mejor aún, de que el cine puede y debe tener un compromiso social que nos obligue a utilizar las neuronas. Imprescindible. 

 
 ® Moviola, 2006