Voces Inocentes
País: México / Estados Unidos / Puerto Rico, 2004 Duración: 120 minutos Clasificación: B Elenco: Leonor Varela, Adrián Alonso, Daniel Giménez Cacho, Ignacio Retes, José María Yazpik, Jesús Ochoa Director: Luis Mandoki Productores: Lawrence Bender, Alejandro Soberón Kuri, Luis Mandoki Guión: Luis Mandoki y Oscar Orlando Torres Fotografía: Juan Ruiz Anchía Música: André Abujamra Distribuidor: 20th Century Fox
Por Jorge Ávila Andrade Algo extraño ocurre con Luis Mandoki. Impulsado por la ya legendaria falta de apoyo dentro del país, se convierte en uno de los primeros cineastas mexicanos que encontraron un lugar en Hollywood y ha trabajado con artistas de la talla de Susan Sarandon y James Spader (en la sensual y provocadora White Palace); Melanie Griffith y John Goodman (en la olvidable Born Yesterday); Meg Ryan y Andy García (en la sólida Cuando Un Hombre Ama A Una Mujer); Kevin Costner y Paul Newman (en la regular Mensaje de Amor); Jennifer Lopez y Jim Caviezel (en la espantosa Mirada de Ángel); Charlize Theron y Kiefer Sutherland (en la regular Atrapada).
Después de muchos años de permanecer sin hacer cine en México, Mandoki regresa con un trabajo que de entrada promete mucho pero que desafortunadamente se queda lejos de la gran película que se quiso hacer creer a prensa y público que iba a ser.
Basada en la vida de Oscar Orlando Torres (quien coescribió el guión), la trama ubica las acciones en El Salvador de mediados de los 80, en plena época de la guerrilla, donde Chava (Carlos Padilla) es un niño de once años cuya vida se convierte en un infierno pues su mamá (Leonor Varela) tiene que trabajar todo el día para que puedan sobrevivir en sus precarias condiciones, además que está a punto de cumplir los doce años de edad, lo que implica que pronto será reclutado por el ejército salvadoreño para que agarre un fusil y luche en contra de la guerrilla.
En medio del caos y terror que implica el vivir en un medio tan hostil y desesperanzador como ese, Chava se las ingenia para hacerse de amigos, entre los que se encuentra un chofer de autobús (Jesús Ochoa), el cura de una iglesia (Daniel Giménez Cacho) y, por supuesto, evadir el servicio militar que ya le ha costado la vida a varios otros niños.
De entrada hay que decirlo: es una buena película pero así nomás, buena a secas. Alcanza el nivel de buena porque la historia es por momentos desgarradora y mantiene la tensión en el público, haciendo al mismo tiempo conciencia de estos eventos que parecen haber quedado olvidados del resto de los habitantes de Latinoamérica, no así de los hermanos salvadoreños. Hace un fuerte hincapié en las atrocidades de la guerra y en la injusticia de llevar niños a la misma, donde terminan sacrificando su inocencia y, en la mayoría de los casos, su propia vida.
Las actuaciones son, en su mayoría, bastante sólidas, destacando el trabajo realizado por la atractiva Leonor Varela en un papel bastante demandante de emociones como el de una madre en serios apuros o el de Giménez Cacho como un cura con ciertas tendencias socialistas y, por supuesto, el del pequeño Carlitos Padilla, quien a pesar de su corta edad hace de Chava un personaje entrañable. Otros elementos a destacar son el extraordinario sonido (mezclado por Martín Hernández) y la fotografía.
Entonces, ¿por qué he escrito que el filme es bueno a secas? Por la enfermiza tendencia que tiene Mandoki de ser un artesano que aprendió algunos de los trucos más baratos de manipulación en los que se especializa Hollywood. Se comprende la intención del cineasta de mostrar los horrores padecidos por los niños salvadoreños y sus familias, pero es tan terca su obsesión en estar machacando una y otra vez con lo mismo, que los resultados llegan a ser completamente opuestos.
Llega a perder credibilidad y hasta resultan molestas ciertas secuencias en las que todo se conjuga (música, diálogos, fotografía) para hacerla lo más manipuladora y chantajista posible. Es como si Mandoki dijera, después de varias veces de repetir lo mismo, “¿ves cómo la guerra es cruel y aun más con los niños?”. Eso se entiende durante los primeros minutos del filme y no es necesario que se le esté recordando a la audiencia.
Ese es el gran pecado del cineasta: menospreciar la inteligencia de quien está viendo la pantalla. Vidas Inocentes es un buen filme que pudo haber sido mucho mejor sin las intenciones manipuladoras (concientes o inconscientes) de su director y de una promoción desmedida que la propuso como una de las mejores cintas mexicanas de muchos años y una casi segura candidata al Oscar.
Quizá le hubiera ido mejor con el boca a boca en vez de querer venderla como un producto importante. No es mala película, para nada, pero fue víctima de las pretensiones desmedidas de quienes están detrás de ella.
® Moviola, 2005